Review 3.0: VirTimePlace

Hoy recuperamos nuestras Review 3.0 analizando la aplicación VirTimePlace, que hemos podido probar en smartphone y tablet, y cuyo concepto resulta sumamente interesante para conseguir un mayor acercamiento a nuestro pasado histórico.

VirTimePlace es una app gratuita (con micropagos opcionales) para smartphones y tablets que nos permite visitar ciudades de nuestro entorno (por el momento la mayoría españolas, aunque también algunas griegas o portuguesas) en distintas épocas históricas. Utilizando técnicas de realidad virtual (RV) y realidad aumentada (RA) podremos llevar a cabo visitas virtuales que nos permiten -y éste es el mayor logro de la aplicación- entender mejor espacialmente ciudades como Mérida, Córdoba o Cartagena en el pasado.

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Profanando a Cervantes

No todo vale en arqueología. No vale hacer creer que se está visibilizando nuestra profesión cuando se están buscando ídolos. No vale dar patadas al resto de los huesos para separarlos de los muertos ilustres. No vale engañar a la gente con la excusa de un aniversario y dilapidar dinero público para cortar una cinta. Estas prácticas son aquellas de las que llevamos décadas intentándonos separar, huyendo de la arqueología espectáculo, intentando convertir en ciencia -sin restar romanticismo- lo que sólo era aventura, saqueo y affaire fetichista.

Estamos viviendo una comedia lamentable en la que una alcaldesa de Madrid, la desafortunada Ana Botella, se cuelga medallas al casi certificar científicamente lo que ya estaba documentado: que el autor del Quijote se hallaba bajo el convento de las Trinitarias de Madrid, reposando plácidamente. El titular no debería ser otro: Españoles, Cervantes ha muerto. Porque nada nuevo ha aportado esta investigación al conocimiento de nuestro pasado. Sin embargo, el titular son unas palabras de la señora Botella: “Hoy hemos contribuido a la historia y la cultura de España”. Así, sin despeinarse, aquella que hablaba de que las medidas de la reforma laboral eran las que habían “traído más progreso al a historia de la Humanidad” vuelve a apelar a su particular concepción de nuestro pasado para arrojar flores a su pésima gestión. En estos lodos, por supuesto, la arqueología resulta vapuleada.

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DAESH, iconoclastia y el laberinto de la hipocresía

“Las personas se excitan sexualmente cuando contemplan pinturas y esculturas; las rompen, las mutilan, las besan, lloran ante ellas y emprenden viajes para llegar hasta donde están; se sienten calmadas por ellas, emocionadas e incitadas a la revuelta. (…) Estas clases de respuestas son las que constituyen el tema del presente libro (…) porque tienen raíces psicológicas que preferimos ignorar.” 

David Freedberg, El poder de las imágenes, 2009. p. 19

Hasta ahora me ha sido muy complicado abordar algo que me resultaba profundamente hiriente e incomprensible. Más que el asesinato a sangre fría del individuo, me resulta muy dolorosa la destrucción de nuestra memoria y nuestra identidad colectiva. La inmortalidad de las culturas queda, en cierto modo, asegurada gracias a su patrimonio cultural, histórico, artístico y arqueológico por lo que, aunque asesinar a cientos de personas sea terrible, asistir a la aniquilación del recuerdo de nuestro pasado me produce un dolor indescriptible.

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Captura de pantalla del vídeo en el que terroristas de Daesh destruyen piezas del Museo Arqueológico de Mosul.

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¿Hacen sus deberes los profesores universitarios?

Muchas veces nos quejamos de la calidad de la Universidad; de las formas de tal o cual sujeto; de la incapacidad de un profesor para dar clase o, directamente, para enseñarnos nada; de la incompetencia de los propios universitarios, más interesados por llegar al 5 que por aprender profundamente sobre su carrera, tengan la nota que tengan; y de tantas otras cosas que nos traen por los caminos de la indignación. ¿Cómo mejoramos esto?, nos preguntamos. ¿Es posible mejorarlo, acaso? Hay quien dice que no.

Pues bien, no somos los primeros en discutir sobre qué debería aportar a la sociedad un profesor de educación superior, un alumno o un licenciado. Tenemos que recordar que en octubre de 1998 -cuando nos acercábamos al final del siglo XX- se llevó a cabo en París la Conferencia Mundial sobre Educación Superior de la UNESCO: “La Educación Superior en el s. XXI: Visión y Acción”, con el objetivo de vislumbrar cómo tenía que ser la educación superior en el siglo que iba a comenzar, qué retos tenía por delante, qué capacidades y deberes deberían tener los docentes, etc.

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Parece, sin embargo, que nos hemos olvidado de este importante evento y de la Declaración Mundial sobre la Educación Superior que surgió del mismo (y que se puede consultar completa aquí). En ella se recoge, un interesante apartado que creo que, hoy más que nunca, es importante reproducir aquí (página 22):

MISIONES Y FUNCIONES DE LA EDUCACION SUPERIOR

Artículo 1. La misión de educar, formar y realizar investigaciones

Reafirmamos la necesidad de preservar, reforzar y fomentar aún más las misiones y valores fundamentales de la educación superior, en particular la misión de contribuir al desarrollo sostenible y el mejoramiento del conjunto de la sociedad, a saber:

  • Formar diplomados altamente cualificados y ciudadanos responsables, capaces de atender a las necesidades de todos los aspectos de la actividad humana, ofreciéndoles cualificaciones que estén a la altura de los tiempos modernos, comprendida la capacitación profesional, en las que se combinen los conocimientos teóricos y prácticos de alto nivel mediante cursos y programas que estén constantemente adaptados a las necesidades presentes y futuras de la sociedad;
  • Constituir un espacio abierto para la formación superior que propicie el aprendizaje permanente, brindando una óptima gama de opciones y la posibilidad de entrar y salir fácilmente del sistema, así como oportunidades de realización individual y movilidad social con el fin de formar ciudadanos que participen activamente en la sociedad y estén abiertos al mundo, y para promover el fortalecimiento de las capacidades endógenas y la consolidación en un marco de justicia de los derechos humanos, el desarrollo sostenible la democracia y la paz;
  • Promover, generar y difundir conocimientos por medio de la investigación y, como parte de los servicios que ha de prestar a la comunidad, proporcionar las competencias técnicas adecuadas para contribuir al desarrollo cultural, social y económico de las sociedades, fomentando y desarrollando la investigación científica y tecnológica a la par que la investigación en el campo de las ciencias sociales, las humanidades y las artes creativas;
  • Contribuir a comprender, interpretar, preservar, reforzar, fomentar y difundir las culturas nacionales y regionales, internacionales e históricas, en un contexto de pluralismo y diversidad cultural;
  • Contribuir a proteger y consolidar los valores de la sociedad, velando por inculcar en los jóvenes los valores en que reposa la ciudadanía democrática y proporcionando perspectivas críticas y objetivas a fin de propiciar el debate sobre las opciones estratégicas y el fortalecimiento de enfoques humanistas;
  • Contribuir al desarrollo y la mejora de la educación en todos los niveles, en particular mediante la capacitación del personal docente.

Artículo 2. Función ética, autonomía, responsabilidad y prospectiva

De conformidad con la Recomendación relativa a la condición del personal docente de la enseñanza superior aprobada por la Conferencia General de la UNESCO en noviembre de 1997, los establecimientos de enseñanza superior, el personal y los estudiantes universitarios deberán:

  • Preservar y desarrollar sus funciones fundamentales, sometiendo todas sus actividades a las exigencias de la ética y del rigor científico e intelectual;
  • Poder opinar sobre los problemas éticos, culturales y sociales, con total autonomía y plena responsabilidad, por estar provistos de una especie de autoridad intelectual que la sociedad necesita para ayudarla a reflexionar, comprender y actuar;
  • Reforzar sus funciones críticas y progresistas mediante un análisis constante de las nuevas tendencias sociales, económicas, culturales y políticas, desempeñando de esa manera funciones de centro de previsión, alerta y prevención;
  • Utilizar su capacidad intelectual y prestigio moral para defender y difundir activamente valores universalmente aceptados, y en particular la paz, la justicia, la libertad, la igualdad y la solidaridad, tal y como han quedado consagrados en la Constitución de la UNESCO;
  • Disfrutar plenamente de su libertad académica y autonomía, concebidas como un conjunto de derechos y obligaciones siendo al mismo tiempo plenamente responsables para con la sociedad y rindiéndole cuentas;
  • Aportar su contribución a la definición y tratamiento de los problemas que afectan al bienestar de las comunidades, las naciones y la sociedad mundial.

Ahora es momento de pararnos a pensar en todos estos puntos y reflexionar sobre aquello que hemos conseguido y lo que todavía se encuentra lejos de nuestro alcance pero hacia lo que hay que caminar. Muchos somos profesores de educación superior y es nuestro deber actuar como tal. La universidad no debe ser sólo una fábrica de trabajadores más o menos cualificados. La universidad no puede ser únicamente un lugar al que se llega, se suelta el rollo sobre determinado asunto, y se sale de él como si nada. La universidad debe ser humana, no fabril. Y la universidad, no lo olvidemos, también es crítica, conciencia y lucha para construir un mundo mejor, por eso debemos implicarnos con la sociedad y no huir de ella. Debemos quebrar las torres de marfil.

Además, es importante el hincapié que se hace en las humanidades, la cultura y la historia como forma de construir ciudadanos que de verdad sepan vivir en sociedad, entender su pasado y trabajar por su futuro, por construir democracia. La mercantilización de todo y todos parece, sin embargo, llevarnos por otro desgraciado camino (no olvidemos la genial idea de nuestro ministro Wert de poner a los profesores de Filosofía a impartir clases de Actividad Empresarial -de la que, afortunadamente, se ha tenido que retractar-). No lo permitamos. Que no nos impidan seguir siendo humanos.

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