El traje nuevo del Museo (o El Museo Desnudo)

“Hace muchos años había un Museo en el centro de la capital del Reino. El Museo solía incorporar novedades tecnológicas para explicar sus salas y la gente estaba encantada. Poco a poco, sin embargo, dejó de introducir esas tecnologías para enriquecer el contenido, para hacer que éste llegara mejor a la gente, y lo comenzó a hacer únicamente por su espectacularidad. La gente, poco a poco, se fue sintiendo alejada. Las tecnologías más modernas salían de la fábrica y el primer sitio al que entraban era al Museo. No se podía abrir el Museo si no se había incorporado ya lo último de lo último. La gente había dejado de entender el Museo pero seguía acudiendo porque tenía la esperanza de aprender algo nuevo algún día y, al fin y al cabo, podía ver las piezas.

Un día una nueva empresa le presentó al Museo la última de las tecnologías: un fantástico sistema de realidad aumentada, inalámbrico y que no necesitaba del uso de ningún dispositivo, que permitía mostrar todos los objetos como nunca antes se habían visto. Era algo increíble, avalado por miles de expertos. Sólo tenía un problema: la gente que no llegaba a cierto nivel de CI no podría apreciar la explosión sensorial que prometía esta nueva tecnología. El Director del Museo no lo dudó: se implantaría sin demora este nuevo sistema. 

El día de la inauguración, el Director se sorprendió al comprobar que no veía ninguna de las piezas que antes estaban expuestas en el Museo. Resultaba extraño: allí estaban las vitrinas, los soportes y cartelas, pero las piezas resultaban imperceptibles. El Director pensó que no debía ser lo suficientemente inteligente y que, por eso, no las veía. La gente comenzó a entrar al Museo y cuando pasaba al lado del Director alababa aquella nueva tecnología pese a que ninguno lograba ver las piezas. “No soy lo suficientemente inteligente”, pensaba cada uno para sí mismo. 

Finalmente, un niño dijo: “Mamá, en este Museo no hay ninguna pieza”. Y todos se dieron cuenta, entonces, de lo ciegos que habían estado: aquella nueva tecnología había desnudado de piezas el Museo, las había retirado y eliminado por completo. El Director se puso muy rojo, avergonzado de que aquella escalada tecnológica le hubiera llevado a olvidarse, por completo, de las piezas, de lo que algún día quiso enseñar en el Museo.”

Mis compañeros de disciplina me van a acabar odiando por este tipo de entradas. Lo sé. Sin embargo, creo que esta pequeña interpretación del cuento de Hans Christian Andersen nos puede ayudar a entender algo fundamental para la correcta aplicación de la tecnología en la museografía actual: el contenido, las piezas, aquello que queremos transmitir y enseñar va siempre por delante de las tecnologías que usemos para hacerlo. Veo con demasiada frecuencia alabanzas acríticas al uso de la tecnología en los museos, explosiones de emoción que parecen indicar que todos los problemas museográficos se van a solucionar aplicando la última de las tecnologías. No es así, de ningún modo. 
El uso de la tecnología en los museos es altamente recomendable y puede mejorar mucho la relación entre el contenido del mismo y sus visitantes. Para ello, sin embargo, debemos preguntarnos primero: ¿Qué queremos transmitir? y segundo: ¿Cual es la herramienta más adecuada para ello? La evolución de la tecnología en los últimos años hace que el número de herramientas para la transmisión de conocimiento en los museos se haya visto aumentado exponencialmente pero, para hacer efectivo su uso es necesario tener en cuenta dos cosas: uno, debemos conocer estas tecnologías y sus posibilidades y, dos, nunca tenemos que descartar el uso de una técnica tradicional (ilustraciones, textos, etc.) por el mero hecho de no ser lo más puntero.
Un buen uso de estas nuevas tecnologías -y, corregidme si no es así, que no he podido verla en persona- se encuentra en la reciente exposición del British Museum en la que se pueden explorar por dentro una serie de momias egipcias. En estos casos la gente se olvida que que tiene tecnología de última generación entre sus manos porque lo ocupa todo la conversación con las piezas. Eso es lo importante. La informática, el 3D, la interactividad… se convierte en un lenguaje. El visitante no piensa en él mientras lo usa. Simplemente lo disfruta. 
Uno de los paneles interactivos dispuestos en la nueva exposición del British Museum.
Hoy mismo he leído un artículo bastante bueno de EVE Museología, titulado “Museos e Interactividad“, en el que se alaban con razón muchas de las nuevas tecnologías y sus posibilidades aplicadas a distintos museos pero se olvida la autocrítica. Se hacen en este artículo una serie de preguntas retóricas ante la reticencia de muchos museos a actualizar sus sistemas tecnológicos: “¿Tendrán miedo a lo desconocido por qué para ellos es verdaderamente un mundo desconocido? ¿Será que no tienen ni idea de lo que estamos hablando? ¿Será que su ignorancia sobre el tema está afectando a los visitantes que esperan mucho más de un museo?”. Yo creo que no es ninguna de estas cosas. Los museos tienen miedo a incorporar novedades tecnológicas porque en muchas ocasiones ya les han fallado y no les han dado los resultados que esperaban. Se han encontrado con tecnologías muy caras, que no han resultado excesivamente atractivas, con las que no saben bien si la gente ha aprendido mucho o si sólo las ha usado como pequeña curiosidad y que, finalmente, han quedado totalmente obsoletas.
Un ejemplo de ello son unos fantásticos paneles interactivos con unos magníficos proyectores en 3D que se encuentran en el Museo de San Isidro (Madrid) y que fueron un completo desastre, según nos contó en persona el director del mismo, quedando obsoletos pocos meses después de su instalación. ¿Quién tiene la culpa de esto? ¿La tecnología? No, de ningún modo. La tienen, por un lado, aquellos que se empeñan en aplicar las tecnologías a la museografía con el único pretexto de que son lo más moderno que hay en el mercado y que por lo tanto van a gustar a la gente y, por otro, nosotros mismos como virtualizadores del patrimonio, que no hemos sabido o no hemos tenido la oportunidad de indicar cual es el camino correcto para realizar este tipo de intervenciones. 
Los famosos paneles interactivos y proyectores en 3D del Museo de San Isidro.
La aplicación indiscriminada de las nuevas tecnologías a los museos no garantiza de ningún modo su éxito como centro de transmisión social de un conocimiento determinado. Su aplicación inteligente, en cambio, puede ayudar muchísimo en esta función didáctica y social. Es en esto en lo que tenemos que trabajar más actualmente, en mi opinión. Ya no es tan importante saber cual es la última de las tecnologías y qué museo nos va a dejar instalarla antes sino cómo conseguir que éstas (tanto la última como la primera de las tecnologías) se conviertan en herramientas válidas para aumentar la función educativa, divulgativa y social de nuestros museos. 
Acabo con unas reflexiones de Mikel Asensio y Elena Asenjo en su libro “Lazos de Luz Azul. Museos y Tecnologías 1, 2 y 3.0”:

“A la tecnología conviene mirarla de soslayo, como si viniera vestida con gabardina y sombrero oscuros, porque siempre se presenta con nombre falso, el cuello subido y haciendo demasiado ruido para las calles solitarias y nocturnas. [Sin que esto nos oculte, sin embargo, que ella misma ha provocado] un aumento de la implicación con el patrimonio, no sólo de los usuarios individuales sino de comunidades virtuales al completo, y una mayor democratización de los bienes culturales.” (pp. 18 y 21)

"El medio es el mensaje": 3D, patrimonio y transformación cerebral.

Hace poco escribía sobre cómo las nuevas tecnologías son simplemente unas herramientas que nos ayudan a transmitir un mensaje -cómo se prepara una momia egipcia o cuales son las partes de un monasterio cisterciense- y de que éste era realmente lo que nos debía interesar. Lo único relevante es diseñar bien el contenido aprovechando las posibilidades que, como herramienta, nos ofrece el canal. Pero, ¿y si esto no fuera completamente cierto? 
Ha caído en mis manos un libro realmente recomendable que me está ayudando a entender mejor el mundo de las nuevas tecnologías aplicadas al patrimonio: Superficiales: ¿qué está haciendo Internet con nuestras mentes?, de Nicholas Carr. En el se analiza cómo un fenómeno tan abrumador como Internet está cambiando la forma de trabajar de nuestro cerebro, nuestra forma de pensar. Esto nos tiene que llevar a preguntarnos: ¿Estamos inmersos en un proceso similar en lo que refiere a las herramientas que usamos en patrimonio? ¿Cómo pueden estar modificando las nuevas tecnologías nuestra forma de pensar el patrimonio?
¿Cómo se está modificando nuestra forma de pensar el patrimonio gracias a las nuevas tecnologías?  …Imagen de QUO.
Es muy probable que lo más importante a medio plazo para nuestro cerebro, al contrario que para nosotros como arqueólogos, historiadores o interesados por la cultura, sea la tecnología con la que transmitimos contenido y no el contenido en sí. “El medio es el mensaje”, sentenció Marshall McLuhan en su ensayo Comprender los medios de comunicación: las extensiones del ser humano y en cierto sentido no le faltaba razón. Para entendernos, nuestro cerebro es similar a una roca bajo una cascada: si nuestras costumbres hacen que cierta corriente de agua golpee con una intensidad determinada en una parte de esta roca, se comenzarán a hacer surcos y orificios que la modelarán para que el agua pase mejor. Esto no significa, en términos cerebrales, degradación sino símplemente transformación. Se comenzará a trabajar y modelar esta zona del cerebro mientras que otras quedarán más planas, carentes de actividad. Con el tiempo, si cambiamos la dirección del agua o la zona en la que la roca es golpeada, ésta se transformará poco a poco en algo diferente. Algo similar ocurre con nuestro cerebro: las herramientas tecnológicas  y de comunicación que utilizamos día a día modelan de forma física nuestro cerebro y transforman la manera en el que éste actúa, nuestra forma de pensar -todo ello ha sido estudiado dentro del controvertido proceso de neuroplasticidad cerebral-.
En el estudio del patrimonio nos encontramos ahora mismo en un punto de inflexión entre las viejas herramientas de trabajo -mapas en papel, grandes volúmenes de biblioteca, lápiz y plomada, papel de cebolla y horas de trabajo manual- y las nuevas herramientas -cámara fotográfica de precisión, ordenador, smartphone, tablet, escáner láser, Internet, redes sociales-. ¿Cómo va a afectar la incorporación masiva de este tipo de herramientas a la comprensión y estudio del patrimonio? Todavía no podemos saberlo. Incluso muchos se afanan en sostener que muchas de ellas son simplemente modas y que todo volverá a ser como antes. Sócrates también estaba seguro de que oralidad nunca iba a ser sustituida por la palabra escrita debido a las grandes ventajas que tenía la primera pero, para bien o para mal, se equivocó. La evolución tecnológica es un proceso irrefrenable que nos transforma con independencia de lo que queramos, en nuestras manos está trabajar para mejorar intelectualmente gracias a las tecnologías emergentes -perdiendo, claro está, parte de nuestras anteriores ventajas como “hombres del papel”- o quedarnos estancados en el pasado.
Imaginemos cómo puede cambiar nuestra forma de pensar si se hace recurrente y común observar las piezas arqueológicas, las obras de arte o los monumentos arquitectónicos de forma tridimensional y dinámica. En muy poco tiempo hemos pasado de aprender con enrojecidas diapositivas a hacerlo con trabajadas animaciones, fotografías de alta precisión y complejos mapas tridimensionales. Muchos de los niños de hoy en día entran en contacto con smartphones y tablets, de interfaz basada en entornos 3D, desde sus primeros años de vida y esto modifica su forma de pensar y prepara el camino a su cerebro para entender mejor y más rápido cierto tipo de información: la concisa, fragmentada, frenética, tridimensional, dinámica, interactiva, etc. ¿Hacia donde va a caminar entonces la tecnología aplicada al patrimonio si los niños y jóvenes de hoy en día hablan un lenguaje definido por estas características? 
Quizás me equivoque pero al igual que una mente educada para leer libros tiende a producir libros, una mente educada para consumir información de forma rápida, gráfica y conectada también tenderá, en un futuro, a producirla. Todo esto se debe a las transformaciones que las costumbres y el uso de una determinada tecnología hacen en las conexiones neuronales de nuestro cerebro, que tenderá siempre a escoger el camino más fácil, el más usado.
Esto no tiene porqué ser negativo. Bien es cierto que perderemos muchas cosas por el camino, tal y como nuestros antepasados perdieron la necesidad y la capacidad de aprenderse de memoria poemas épicos como La Ilíada, pero también ganaremos muchas otras: la capacidad de acceder a cantidades ingentes de información de forma instantánea; la posibilidad de conectar al momento con profesionales de todo el mundo gracias a las redes sociales; probablemente una forma más rápida y concisa de analizar y comprender la información; la democratización masiva de la cultura; etc. 
Creo, además, que es beneficioso para el estudio del patrimonio modificar nuestra forma de acercarnos a él, de comprenderlo e investigarlo. Es hora de cambiar el chip y proponer, desde nuevos puntos de vista, nuevas soluciones. Es probable que estemos caminando también, de forma neuronal, hacia una mayor socialización del patrimonio, posibilitando un acceso más democrático y sensorial al mismo que permitirá, a largo plazo, la sensibilización de grandes capas de la sociedad y, por lo tanto, la necesidad de protegerlo, disfrutarlo y amarlo. 
Si algo nos han demostrado la Ciencia y la Historia es que nuestro cerebro evoluciona en gran parte gracias a la tecnología que utilizamos. Nuestra forma de pensar y de actuar cambia de forma importante gracias a la tecnología. Nosotros transformamos la tecnología tanto como ella nos transforma a nosotros. Es más, sabemos que no podemos prever los cambios que una tecnología va a producir en nosotros a medio o largo plazo y, por lo tanto, que no podemos negarnos a utilizarla por las consecuencias neuronales que pueda tener en nosotros. Sólo cuando ya estamos inmersos en el proceso irrevocable de cambio es cuando podemos empezar a intuir algunas de las modificaciones cerebrales que este está produciendo.
Estamos condenados a que nuestra forma de pensar se modifique según la tecnología que utilizamos. ¿Cómo está esa tecnología modificando la forma en la que trabajamos con el patrimonio?

Espejismos y limitaciones de la fotogrametría aplicada al patrimonio

No creo que a mí se me pueda tachar de sospechoso de ludismo, de crítico frenético hacia la informatización de las humanidades ni de acérrimo defensor de una metodología arqueológica desvirtualizada. Los que me conocen sabrán que es más bien al contrario: trabajo fundamentalmente en el campo de la tecnología aplicada al patrimonio y me emocionan los cachivaches que rozan la ciencia ficción buscando el Pasado y las reconstrucciones virtuales. Dicho esto, se puede entender que me encuentre en una posición privilegiada para permitirme criticar los excesos de nuestra propia rama de estudio. Que los hay. Y muchos. 
La fotogrametría digital es una de las técnicas que más se están imponiendo en la actualidad en proyectos de documentación, análisis, conservación y divulgación del patrimonio pero su amplia difusión tiene un rostro oscuro: se está desatando una lucha desbocada por acoplar los resultados de esta técnica de forma inmediata a los más variados proyectos. Supongo que con el paso del tiempo podremos sentarnos con más frecuencia a reflexionar sobre lo que de verdad importa: para qué es útil esta técnica, qué problemas nos puede solucionar (ya adelanto que son muchos) y cuales son sus limitaciones

Para bajar un poco la fiebre fotogramétrica que parece haberse extendido a lo largo y ancho de nuestro ámbito profesional -e intentando que esto sea un aliciente para usar mejor esta técnica en más proyectos y, por lo tanto, para impulsar a los profesionales del patrimonio a conocerla mejor-, voy a exponer aquí algunos de los espejismos y limitaciones que nos asaltan a la hora de trabajar con esta técnica en proyectos patrimoniales:
  • El estupor ante un modelo 3D. Este es uno de los síntomas más comunes del uso de la fotogrametría por primera vez en uno de nuestros proyectos. Nos encontramos con que, de forma relativamente sencilla (y aquí metería todas las comillas del mundo), hemos generado un modelo 3D de un objeto, yacimiento o monumento, con el que estamos trabajando y nos produce tal sensación de asombro, tal encanto su belleza, que sentimos el impulso incontrolable de compartirlo así, tal cual, a los cuatro vientos. Primer error. Parémonos antes a pensar: ¿Qué información aporta realmente el modelo? ¿Cómo podríamos mejorarlo? ¿Debemos eliminar parte de su geometría porque no nos interesa y va a despistar al espectador? ¿Con qué información adicional podemos acompañarlo para que sea realmente didáctico?
  • “El 3D es el futuro, va a acabar con todo, estamos salvados”. Otro de los pensamientos que a todos se nos pasan por la cabeza cuando nos comenzamos a interesar por este mundo. Sí, a mí también me pasó y debo decir que hoy no pienso exactamente así. Es indudable que el 3D es una parte importante del futuro de los estudios patrimoniales pero no hay que olvidar que muchas cosas se entienden mejor con una fotografía, con una infografía en 2D o con un texto bien estructurado. La clave está, probablemente, en saber combinar el 3D con el resto de herramientas tradicionales que se han usado, con muy buenos resultados, en los estudios del patrimonio. Es muy probable -y quizás deseable- que esta fiebre del 3D sea transitoria, una moda, y que dentro de unos años sólo nos quedemos con lo verdaderamente fundamental (como sus capacidades de documentación, de análisis, de recreación, etc.).
  • “Esto del 3D fotogramétrico es fantástico para la divulgación”. Sí…. y no. En varios sentidos. Por un lado remito de nuevo al punto anterior: en ocasiones un dibujo o una película de animación en 2D pueden resultar mucho más didácticos y divulgativos que algo hecho en 3D. Por otro: esta afirmación hace que nos olvidemos en demasiados casos que la fotogrametría es una herramienta potentísima para muchos otros cometidos: documentación precisa, análisis topológico y colorimétrico, conservación y restauración, etc. Hoy en día el uso de técnicas de visualización tridimensional en patrimonio no está únicamente relacionado con la divulgación sino que abarca un campo mucho más amplio y debemos tenerlo en cuenta.
  • Creer que la fotogrametría permite conseguir un modelo 3D de absolutamente todo. Esto es bastante común para aquellos que sólo saben que esta técnica sirve para conseguir modelos tridimensionales. En realidad cada objeto de trabajo es un mundo y habrá ocasiones en las que no se podrá conseguir el modelo deseado. Por ejemplo, la toma de imágenes y la luz son el factor que más influye a la hora de obtener un modelo fotogramétrico y si estos son de mala calidad (imágenes tomadas desde puntos no adecuados, con una estrategia errónea; luz muy oscura o focos muy marcados sobre la pieza) el resultado del levantamiento fotogramétrico no se puede esperar perfecto. Habrá en ocasiones en las que no podamos realizar correctamente ciertos modelos, debemos tenerlo en cuenta. La fotogrametría es una técnica científica, no de Howarts. 
  • Nada de objetos transparentes, translúcidos o reflectantes. En la línea del punto anterior, otra de las limitaciones de esta técnica se encuentra en el tipo de material que queremos documentar. La fotogrametría se basa en la correlación de puntos idénticos entre varias fotografías raster y los tonos de los objetos transparentes, translúcidos o reflectantes varían según la posición desde la que tomemos la foto por lo que los software fotogramétricos se vuelven completamente locos y crean engendros si les obligamos a ello. Para documentar objetos de este tipo hay que aplicar a su superficie algún tipo de producto que los convierta en opacos, lo que puede suponer problemas o la imposibilidad de documentar estos objetos en 3D con esta técnica por no poder actuar sobre la pieza. Es algo a tener en cuenta.
  • “¡Con hacer unas simples fotos ya tienes un modelo 3D!”. Habréis oído muchos esta afirmación en boca de aquellos que se topan por primera vez la fotogrametría digital o incluso pronunciada por vosotros mismos. Pues bien, digamos desde ya que es falsa. El proceso para la realización de un modelo tridimensional decente, es decir, lo suficientemente correcto y preciso para que nos sirva en nuestros estudios de patrimonio, es relativamente complejo. Pese a que la fotogrametría sfm (structure from motion) ha conseguido automatizar el proceso, la realización de un buen modelo 3D nos va a requerir una buena toma de imágenes, un correcto postproceso de las mismas (creando, por ejemplo, máscaras) y un postproceso de las nubes de puntos, las mallas y las texturas generadas. Es una tarea que cualquier profesional del patrimonio puede aprender (no se necesitan conocimientos técnicos muy elevados) pero requiere tiempo y esfuerzo.
  • Libertad completa del espectador ante el modelo 3D. Los modelos fotogramétricos, convenientemente subidos a un visor web, pueden permitir que el espectador los mueva con completa libertad, algo que no puede hacer ni en una foto ni en un vídeo por razones obvias. ¿Es ventajoso? En ocasiones sí, pero no siempre. Debemos tener en cuenta que esto sólo sirve para los espectadores (“interactuadores”) más avezados pero lo más probable es que el resto se pierda. Para ello suele ser más recomendable montar un discurso lógico y guiado gracias a una aplicación que de cierta libertad pero muestre un camino o, símplemente, a un vídeo. De este modo nuestros modelos fotogramétricos van a cobrar un sentido mucho mayor y nos van a dar mucha más libertad a nosotros para transmitir las ideas que queremos que lleguen al espectador.
  • La fotogrametría es una herramienta, no un fin. Éste es el punto más importante y engloba en cierto modo a todos los anteriores. Quizás a muchos de vosotros os parezca redundante e innecesario pero la experiencia, y la ebullición diaria de las redes sociales de arqueología y patrimonio, me dice que nunca debemos cansarnos de recordarlo. Un modelo fotogramétrico en sí no sirve para mucho, es como una simple foto de un objeto. Sí, podemos verlo desde todos los puntos de vista, ¿y qué? Es absolutamente necesario que nos preguntemos ¿para qué necesitamos este modelo fotogramétrico? ¿lo queremos para acompañar la descripción de una pieza? ¿quizás buscamos realizar a partir de él una reconstrucción virtual que explique mejor su contexto original? ¿lo necesitamos para realizar análisis métricos de precisión? ¿quizás para obtener una ortofoto sobre la que podamos tomar medidas? Como veis las posibilidades son abrumadoras pero en muchas ocasiones seguimos encontrando proyectos que enarbolan con orgullo la bandera de “tenemos un modelo fotogramétrico” sin saber muy bien qué hacer con él y sólo mostrándolo por lo bonito e impresionante que es (ver el primer punto). Así que juguemos con cabeza.
Seguro que me he dejado en el tintero muchos otros espejismos de la fotogrametría pero también muchísimas de sus ventajas (éstas las podéis ver por doquier a lo largo de mi web, no hace falta repetirlas aquí) pero espero que al menos haya servido para recordar “buenas prácticas” y hacer tambalear ciertos mitos de esta técnica. Que no nos quepa duda de que la fotogrametría es una técnica con mucho futuro por delante en el campo del patrimonio y por ello es importante que desde ya mismo la usemos de forma correcta intentando siempre que sea una herramienta que nos ayude a transmitir mejor un buen mensaje. Si no, no sirve para nada.

La fiebre de los códigos QR

De tres congresos en los que he estado últimamente, en dos de ellos se ha hablado con inusitado optimismo sobre el uso de códigos QR. Para quien no lo sepa, estos códigos futuristas son símplemente un puñado de cuadraditos entre tres esquinas que, a modo de código de barras, te redireccionan hacia una página web. Una idea así de simple tiene todos los visos de ser atractiva, efectiva y, finalmente, exitosa. Sin embargo, y aunque les pese a muchos náufragos que se aferran a esta tecnología como si fuera su última tabla, no ha sido así. Los códigos QR no han triunfado. ¿Por qué? ¿Dónde está su cara oculta? 

Un ejemplo de cómo los códigos QR en ocasiones ocultan más información de la que ofrecen.

Aunque los que nos dedicamos -entre otras cosas- a la tecnología vivamos en el mundo feliz de que todo el mundo la usa, lo cierto es que hay ejércitos de gente que sólo aprovecha lo más intuitivo de la tecnología que tiene a mano. ¿Son los códigos QR intuitivos? No. Rotundamente. Mucha gente los ve y no sabe ni lo que son. Pero imaginemos que les pica la curiosidad: “¿qué diablos será esta cosa tan moderna?” Generalmente no tienen al lado del código nada que les diga qué es y cómo aprovecharlo. Sigamos, sin embargo, suponiendo que esa persona pregunta a un vecino, o al amigo informático, qué son esos puntitos y éste se lo explica. El menda de turno, que tiene un smartphone normalito, se descarga la aplicación que le permite leer estos códigos y, al pasar por delante de la tienda de Apple, por ejemplo, ve un código QR. “Hostias”, piensa, “Vamos a probarlo a ver si funciona, esto puede ser el futuro”. Y sí, abre el móvil, intenta cargar el código, se coloca delante de él. Parece que el móvil lo coge. Sí. “¡Oh! La web de Apple.” Cierta expresión de sorpresa fingida se dibuja en su rostro, quizás un tanto sonrojado ante sí mismo. “¿Esto es todo?” Y la peor pregunta: “¿Tanto para esto?“.
Desgraciadamente es así: el contenido al que nos acercan los códigos QR es normalmente una web relacionada con aquel cartel en el que reposa el código de turno. ¿No es más sencillo abrir nuestro smartphone y escribir “Apple” en el navegador para acceder inmediatamente a la web de la empresa o a otras relacionadas?
La gente que vende los códigos QR como si fueran alfombras voladoras no se da cuenta del contexto social en el que se usa esta tecnología: gente que vive a un ritmo acelerado, con móviles que pierden su batería en unas horas y, en un principio, interesada por las cosas de forma superficial. Delante de un código QR tienes que pararte unos minutos a usar un móvil que probablemente esté en sus últimos momentos de vida del día para acceder a una información más completa que la del cartel de turno que vas a tener que leer en una pantallita de 6 centímetros de alto y que, probablemente, no te interesa. ¿Cuántas posibilidades hay de que lo hagas? 
De nuevo, poco sabremos de la persona que aquí reposa si no nos obligamos a usar la tecnología QR.
Buena parte del uso que se da actualmente a esta tecnología parte de una premisa equivocada: “Los códigos QR es algo que la gente usa”. Debemos entender que sólo son una buena herramienta en contextos muy puntuales y como puerta a una información complementaria para gente con un interés alto y específico sobre un tema. Es decir, son algo muy elitista. La gente, normalmente, no usa un código QR a menos que esté tremendamente aburrida -y si tiene Internet para un código QR también lo tiene para echarse unas risas por Whatsapp, que probablemente sea más entretenido- o tenga un interés desmesurado en profundizar en un determinado tema. 
El forzar el uso de los códigos QR como se está haciendo actualmente sólo conduce, aunque resulte paradógico, a una cosa: ocultar información. Se ponen los códigos cada vez más grandes restando espacio en ocasiones a cuatro frases, una dirección web o una imagen que aportarían más información a todo el mundo. El uso pernicioso de esta tecnología evita incluir en formato analógico, escrito de toda la vida, ciertos datos para “invitar” a la gente a que se sumerja en el código QR. Craso error porque muy poca gente va a aburrirse tanto como para gastar su preciada batería -que es oro- en entrar en tu página, gañán.
¿Pensabais que el ministro Montoro no iba a ser también el más guay del patio?
Seamos sinceros, en el 90% de los casos usamos los códigos QR con el único objetivo de hacernos los chulos. “Mi cartel tiene un código QR y por ello soy más moderno y guay que nadie.” El contenido da igual (¡Claro, si no va a entrar nadie!) lo único que importa es que aparezca ahí este cuadradito blanco con puntos negros porque estéticamente va a hablar muy bien de mí. De este modo, en el mundo del Patrimonio también se arrodilla en la mayoría de los casos el contenido ante la tecnología, el objetivo ante la herramienta. Y esto, señores, es contraproducente: la gente que usa un código QR que no le aporta realmente más información que acceder a la web de la institución de turno probablemente no vuelva a usar uno de estos códigos. ¿Para qué? Se nos olvida demasiado a menudo que la tecnología, por muy molona que sea, es un medio para transmitir un mensaje y que si este medio no cumple su objetivo es mejor sustituirlo. Así de sencillo. Lo demás sobra.
Además no debemos olvidar que una buena cobertura de red no llega -todavía- a todos los rincones del planeta. Se habla mucho de códigos QR instalados en los caminos de montaña más remotos para señalar así una magnífica ruta que hará las delicias de los que lo lean con su móvil. Pero maldición, ¿van a ofrecer todas las compañías buen acceso a Internet para descargar esa información desde aquel sitio recóndito? Seguramente no. Lo mismo se podría decir de la colocación de este tipo de códigos en yacimientos apartados de las ciudades por ejemplo. De nuevo, creo que se nos olvida el contexto real en el que se mueve actualmente nuestra sociedad. 
De nuevo, un flagrante caso de censura gracias a un código QR. ¿Creéis que esto se puede permitir?
Sin embargo, no niego que los códigos QR puedan ser una herramienta útil: imaginad, por ejemplo, un museo en el que todas las cartelas de las piezas tuvieran, además de la información básica que ya encontramos en ellas y que podemos leer sin tecnología de por medio, un pequeño código QR gracias al cual acceder a la ficha completa de cada pieza. Es una herramienta fantástica si se usa así y si nos aseguramos de que nunca sustituye a la información tradicional que, sin lugar a dudas, va a llegar a más público. Los códigos QR son una herramienta de profundización y uso puntual que resultan muy útiles, sobre todo, para investigadores y “frikis” del tema con el que se relacionen, pero no creo que nunca lleguen a ser la herramienta de futuro, de difusión y socialización del patrimonio con la que a veces se les confunde
Un buen uso de la tecnología de códigos QR. ¡Sí, existe!
“Al César lo que es del César…” Reconozcamos las posibilidades de esta tecnología en su justa medida para saber realmente aprovecharla como se debe. Podremos así evitar el lanzamiento de piedras que estamos haciendo contra nuestro propio tejado al usarla mayoritariamente con fines esteticistas, vendiéndola como el futuro de los futuros, la piedra angular de la difusión patrimonial. Patrañas… pero ¡Ay! ¡Qué fácil es generar un código QR de cualquier cosa y qué difícil un buen contenido del mismo!