El conjunto monumental de Santa Fe (Toledo) (II):la reconstrucción virtual en 3D de sus fases históricas

Si en la primera entrada de esta serie os hablamos de la importancia histórica y monumental de este conjunto, hoy os queremos enseñar, de forma gráfica, la evolución del complejo en cuatro grandes fases históricas: la fase islámica, de los s. X-XII; la fase calatrava, de los s. XIII-V; la fase moderna, de los s. XVI-XIX y la fase contemporánea, de los s. XX-XXI.

Dados los pocos conocimientos que tenemos de los detalles constructivos y espaciales de algunas de las fases, optamos por “desvelar”, mediante degradados, aquellas zonas que conocemos de las diferentes fases mostrándolas sobre la reconstrucción virtual del estado actual en escala de grises. De este modo el espectador se puede hacer una idea clara de qué elementos existían en el pasado en determinado lugar de la actualidad.

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Herramientas para llevar a cabo una buena divulgación arqueológica y patrimonial

El día 11 de noviembre comenzamos el curso online de “Arqueología, patrimonio y periodismo“. En él vamos a mostrar cómo funciona la relación entre estas disciplinas y a reflexionar sobre qué tipo de periodismo es necesario para divulgar el patrimonio, cómo se debe hacer un ejercicio de “arqueología en directo” o cuales son las estrategias para combatir la pseudoarqueología.

No tenemos la fórmula mágica para la realización de una divulgación perfecta de la arqueología y el patrimonio pero creemos que el manejo de las distintas herramientas, tanto teóricas como prácticas, que se enfocan en cómo transmitir este tipo de conocimientos, son el mejor aliado para saber conectar con la sociedad.

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Curso online de arqueología, patrimonio y periodismo (1ª Ed.)

Llevamos un tiempo pensando que resultaría necesario establecer una mayor comunicación entre el mundo de la arqueología, el patrimonio y el periodismo. Trazar lazos entre distintas formas de entender la realidad, entre distintas formas de trabajar, entre distintos profesionales. Es por ello por lo que nos hemos decidido a construir este curso online, en colaboración con la Universidad de Burgos, en el que repasaremos la relación entre estas disciplinas. Todo ello enfocado a crear una divulgación de mayor calidad que permita acercar a toda la sociedad la arqueología y el patrimonio de forma más verídica, didáctica y cercana.

Para ello contamos con un docente de excepción, que se une a nuestro equipo: Mario Agudo Villanueva, periodista especializado en patrimonio y arqueología, ex-director de la revista Románico y coordinador del blog Mediterráneo Antiguo.

Algunos de los temas que compondrán el curso serán los siguientes:

  • Comunicar, informar, divulgar
  • Estructura de la información: por qué hablamos de lo que hablamos
  • Medios tradicionales: prensa, radio, televisión y online
  • Medios sociales: ¿el desafío de la comunicación?
  • Fotoperiodismo, infografías e imágenes
  • Pseudoarqueología: los medios del misterio y su relación con la arqueología
  • Gestión de redes sociales, blogs, podcast, etc.

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Creación de una techumbre de paja en Blender (Tutorial)

Uno de nuestros alumnos del curso de Blender que impartimos en colaboración con la UBU nos preguntó hace poco sobre los modificadores, nodos, sistema de partículas de pelo, etc., que harían falta para recrear en este software una techumbre de paja tradicional. Éste es, en efecto, uno de los sistemas de cubrición más utilizados en el mundo prerromano y, en general, en el mundo rural y tarde o temprano todos los que nos dedicamos a la virtualización del patrimonio nos vamos a encontrar con la necesidad de recrear una techumbre de paja. 
He decidido realizar un ejemplo que no sea excesivamente pesado para que nos permita trabajar con facilidad una reconstrucción de ciertas dimensiones pero que a su vez sea notablemente realista. 
Siguiendo los siguientes videotutoriales podréis crear vuestra propia techumbre de paja: 
Desde aquí os podéis descargar la textura utilizada: 
Y desde aquí el archivo final del ejemplo en formato .blend:

La conservación del patrimonio, ¿en manos de la beneficencia?

Hace poco salía a la palestra un programa de televisión a todas luces prometedor. Entre todos. Nombre loable, de los de sacar pecho. Su objetivo era igualmente decente: invocar la solidaridad de la audiencia para ayudar económicamente a personas concretas desesperadas por la falta de ayudas del Estado, ya sean discapacitados, enfermos o sencillamente pobres. Curiosamente el programa se crea y estrena en TVE, nuestra embarazosa televisión pública -sólo hace falta escuchar las últimas quejas de los propios trabajadores ante las intromisiones del gobierno sobre cómo se deben hacer las cosas-. Nos podemos hacer un poco a la idea: desde nuestros bolsillos sale dinero para hacer un programa que a su vez recauda más dinero a nuestros bolsillos para hacer las tareas que el gobierno ha decidido quitarse de las manos. Se torna aún más chirriante el asunto cuando nos sentamos a ver uno de estos programas: llantos, lágrimas y miserias que son usados como reclamo, como llamada a la solidaridad de la audiencia. ¿Es esto lícito? Recuperemos una frase de un artículo publicado en la revista de la UCM “Cuadernos de Trabajo Social” en 1987:

“Se entiende por beneficencia privada el conjunto de acciones protectoras, a veces espontáneas y circunstanciales, y en ocasiones organizadas en instituciones creadas por entidades privadas y dotadas con fondos privados. La beneficencia pública es un instrumento del Estado para controlar la indigencia, prevenir sus efectos antisociales y atender las necesidades vitales de una parte de la población, lo que algunas teorías denominan Bienestar Social como instrumento de corrección y de caridad.”

Sí, señores, la verdad es que no hemos cambiado tanto. Estos dos tipos de beneficencia son los que coexistieron durante las primeras décadas del Franquismo: se trataba de un modelo basado en la caridad y en las decisiones de los benefactores que no implicaba ningún derecho por parte de los beneficiarios. Estos eran objeto de la buena voluntad siempre que demostraran su pésima situación y se ganaran así estas ayudas. Así se mataban muchos pájaros de un tiro: el gobierno se ahorraba políticas sociales, la gente se sentía bien aportando sus limosnas y se intentaba aplacar el descontento de la población mostrándose con bombo y platillo que se ayudaba a las familias más necesitadas.

En la escuela pública Mestre Modera, del barrio Ciudat Meridiana de Barcelona, se ha organizado un eficiente sistema de “padrinos” que otorgan ciertas cantidades de dinero para que los niños puedan disponer de comedor y otros servicios básicos que, en la actualidad, son de pago. Jordi Évole habla con su directora, Noemí Rocabert, y le hace la siguiente pregunta (min. 2:43):

(Évole: ¿No crees que todo esto que hacéis extra para conseguir que los niños tengan acceso al comedor, para conseguir que vayan de colonias, que hagan actividades extraescolares… Todo esto no tendría que asumirlo la administración?
Rocabert: Sí, si el mundo fuera perfecto… Évole: Es que puede pasar que, un poco, les estéis resolviendo el expediente y que la administración se acostumbre a “ya no lo hacemos nosotros, hemos recortado, pero parece que todo tira para delante…” Rocabert: Esto lo tenemos muy en cuenta pero… ¿No hacer nada?)

Hoy mismo hemos recibido la noticia a través de las redes sociales del nacimiento de una plataforma gratuita y sin ánimo de lucro llamada Todos a una -atentos al parecido del nombre con el programa de TVE- que se subtitula como “Mecenazgo para el Patrimonio Cultural de España”. Su finalidad, como ellos mismos dicen, es “crear relaciones abiertas, transparentes y accesibles entre promotores y financiadores, para estimular la protección activa del Patrimonio Cultural a través de todas las formas posibles para ello.” Es decir, se trata de una plataforma de crowdfunding a través de la cual se pueden financiar proyectos gracias al apoyo económico de cientos de micro-colaboradores. 
No dudo de las buenas intenciones de la plataforma “Todos a una”. Vaya por delante que está desprovista de la sombra del gobierno, que estoy seguro que no tiene nada que ver en su creación, y su objetivo no es servirse de las lágrimas ni la miseria de nadie para conseguir dinero que permita realizar proyectos. Y aun así me escama. Me duele. Es duro que tengamos que recurrir a este tipo de financiación privada colectiva -¿recordáis la beneficiencia privada del Franquismo?- para conseguir la conservación y puesta en valor de nuestro patrimonio.
¿No es posible que este tipo de actuaciones, sin duda impulsadas por un propósito honesto, potencien una posición del Estado y las administraciones totalmente desapegada de su patrimonio? “¿Para qué vamos a costear nosotros la restauración de tal castillo si ya la paga la gente?”, se empezarán a preguntar. Y, quién sabe, quizás cuando reivindiquemos un mayor apoyo económico de las arcas públicas a proyectos de conservación y puesta en valor del patrimonio nos encontremos con la negativa e incluso nos tomen por locos. No me extrañaría, de hecho, que se permitan además aportar una pequeña miseria para poder hacerse la foto de turno con el monumento recién rehabilitado -¿recordáis la beneficiencia pública del Franquismo?-. Espero que podamos ir entendiendo ya hacia dónde nos conduce todo esto.
No pongo en duda que en ocasiones el crowdfunding puede ser la única salida para ciertos proyectos, e incluso es bueno ver cómo la gente se involucra también económicamente en los iniciativas en las que confía, pero cabría preguntarse con qué otras medidas debemos contrarrestar esta financiación que hacemos entre todos para que el Estado no vea que ya hacemos su trabajo y que, por lo tanto, él no debe ocuparse de ello. ¿Cómo podemos sacar adelante este tipo de proyectos demostrando al Estado que estamos echándole huevos para hacer su trabajo? ¿Cómo podemos servirnos de esta microfinanciación dejando claro que no es definitiva ni permanente, que es un parche en este desaguisado? ¿Cómo podemos demostrar, usando este medio de financiación, que el Estado es quien debe ocuparse de conservar y poner en valor el patrimonio de todos los españoles?
Creo que es fundamental que a la hora de llevar a cabo proyectos de conservación, restauración y puesta en valor del patrimonio se exploten primero todas las vías de financiación posibles por parte de las administraciones públicas (ayuntamientos, diputaciones, etc.) y si, finalmente, se debe recurrir al crowdfunding, dejar claro qué administraciones han negado su apoyo y por qué. Y en el caso de ser flagrante su falta de sensibilidad y de ayuda social, no dudar en señalarles con el dedo y dejar en evidencia que no han hecho su trabajo.

Es muy peligroso que estemos llegando a un punto en el que cualquier proyecto de interés social, que en sí mismo puede no ser rentable económicamente pero que va a aportar una rentabilidad extraordinaria en muchos otros aspectos, deba realizarse de forma privada mediante mecenazgos o micromecenazgos, mediante ejercicios de caridad. ¿Para qué pagamos entonces nuestros impuestos? ¿Para hacer infraestructuras inservibles que benefician a los constructores que a su vez pagan a los partidos políticos? ¿Para, supuestamente, salvar a grandes estructuras financieras que no hacen más que sangrarnos? ¿Para pagar la deuda que han contraído las grandes fortunas de nuestro país y que les ha llevado a vender nuestra soberanía? ¿Qué más vamos a consentir?

Es muy lícito el uso del crowdfunding pero que esta palabra, extremadamente moderna, no nos haga caer aún más en el antiguo pozo de la pérdida de derechos y libertades en el que estamos cayendo. Si no tenemos cuidado corremos el riesgo de perder también nuestro patrimonio intentando protegerlo. Estamos a las puertas de que su conservación desaparezca totalmente -si no lo ha hecho ya- de la agenda de las administraciones. No lo permitamos.

El compromiso social de los profesionales del patrimonio

Llevamos mucho tiempo en un camino equivocado. Un camino de ensalzamiento personal donde el rendimiento económico se ha puesto por delante de cualquier otro objetivo. Sí, también en lo que atañe al estudio del patrimonio histórico-artístico y arqueológico, con el que a menudo se nos llena la boca. Es así comprensible que hasta a los profesionales que nos dedicamos a ello se nos hayan olvidado, en muchos casos, las verdaderas razones que nos llevaron a comenzar este trabajo. Es así comprensible que no sepamos cómo reivindicar una mejor consideración profesional pues no sabemos explicar satisfactoriamente para qué carajos sirve lo que hacemos.
El patrimonio se mide al peso. El peso en euros, claro.

En muchos casos parece leerse en los ojos de los historiadores: “trabajo en esto porque es lo que sé hacer pero no se lo recomendaría a nadie: se cobra tarde y mal“. Ese es nuestro mayor miedo. Cobrar poco mientras a nuestro alrededor vemos gente que cobra más que nosotros, porque nos hemos subido a un carro en el que todo se mide en función del rendimiento económico. Sólo es justificable aquello que sea rentable económicamente a corto plazo.
En la última década se ha producido la escalada de dos comportamientos distintos (y entiéndase que existen muchas excepciones). En un extremo los profesionales del patrimonio que ejercen su trabajo en empresas privadas y que se han visto envueltos en una espiral de trabajo deshumanizado a marchas forzadas bajo la bota de la burbuja inmobiliaria. Mucho trabajo. Mucho dinero. Pero todo ello inútil y vacío, olvidado e inservible. En el otro extremo se alzan los investigadores de universidad, frecuentemente alejados de la calle y carentes de una visión real de aquello que están estudiando. Su objetivo: realizar investigaciones superespecializadas e inéditas que les otorguen más puntos para ascender hacia la cátedra o, simplemente, poder mantener su puesto. 
Este ambiente ha estado propiciado y protagonizado principalmente por una cosa: el miedo. El miedo a perder tu trabajo, el miedo a cobrar menos, el miedo a no obtener un reconocimiento profesional, el miedo a ser mirado por encima del hombro, el miedo a ser tomado por un tonto si no se entra en la dinámica social imperante como hace todo el mundo. Esto nos ha llevado a realizar intervenciones pensadas única y exclusivamente para que el político de turno corte la cinta y sea loado y alabado como protector de la Historia; a llevar a cabo excavaciones con el único fin de realizarlas y ganar dinero, olvidando cualquier tipo de resultado porque no hay tiempo; a construir artículos y estudios a la carta con el único fin de engrosar el currículum y a otra cosa, mariposa. En definitiva, hemos conseguido deshumanizar las humanidades.
Un niño aprendiendo en qué consiste una excavación.
Reivindico el derecho a un salario justo para todos los trabajadores, por supuesto, también para aquellos que nos dedicamos al patrimonio, pero también pido que justifiquemos nuestro trabajo. Y esa justificación, si queremos vivir mejor y salir de esta espiral en la que se encuentra sumida la sociedad debe superar la índole económica. 
El patrimonio es algo vivo que va mucho más allá del turismo. Éste último está enfocado a la gente de fuera -de otra ciudad, provincia, país…- mientras que el patrimonio es, fundamentalmente, algo que pertenece a la sociedad que lo rodea. Nuestra principal obligación no debe ser hacer intervenciones pensando en si van a ser disfrutadas por dos o doscientos millones de turistas. Debe ser, principalmente, el realizar trabajos en colaboración con la gente de un territorio para que ésta comprenda mejor su patrimonio, lo aprecie y valore como parte de sí misma, de su espíritu y su esencia.
A los historiadores se nos llena la boca con el contexto histórico y se nos olvida lo más importante: el patrimonio que estudiamos es a su vez una parte decisiva del contexto humano de la sociedad actual. Entiéndase patrimonio como las pervivencias -no me gusta hablar de restos- materiales y inmateriales de nuestro pasado. Las reconstrucciones y recreaciones, ya sean virtuales o reales, son una herramienta fundamental para acercar a la sociedad al pasado pero ¿qué estamos haciendo para acercar el patrimonio al presente? 
Si comenzáramos a trabajar más para las personas y no tanto para los bolsillos nos sería terriblemente fácil justificar la necesidad de nuestro trabajo. Es más, no nos haría falta justificar nada, la sociedad lo reivindicaría. Es por eso necesario comenzar a trabajar con y para la gente, mostrar los resultados de nuestro trabajo, bajar a las calles, a las plazas, a los colegios, a las residencias de ancianos, a los centros de trabajo. El patrimonio es algo fundamentalmente humano y carece de sentido intentar justificarlo de forma sencillamente económica. No resulta extraño que actualmente la gente nos pregunte “pero eso que haces, ¿para qué sirve?” o “¿quién te va a pagar por eso?”. Clara señal de que estamos rompiendo los lazos con la sociedad que nos justifica. Si seguimos por este camino es comprensible la decadencia de nuestra profesión porque habrá dejado de tener sentido. Pero el patrimonio no será nunca abandonado por la gente. La arqueología, a la historia y la historia del arte serán sustituidas por la superstición y el fetichismo porque la gente tiene necesidad de explicar de dónde viene y por qué es así el lugar en el que vive. En muchos casos, eso sí, se valorará de forma desigual o sesgada y se perderá gran parte del mismo en el vertiginoso caos de la actualidad.
En nuestras manos está enriquecer o empobrecer la vida de nuestra sociedad estableciendo relaciones reales entre nuestro presente y nuestro pasado y decidir de una vez por todas que nuestra razón para trabajar no sea únicamente el tener que comer.

"El medio es el mensaje": 3D, patrimonio y transformación cerebral.

Hace poco escribía sobre cómo las nuevas tecnologías son simplemente unas herramientas que nos ayudan a transmitir un mensaje -cómo se prepara una momia egipcia o cuales son las partes de un monasterio cisterciense- y de que éste era realmente lo que nos debía interesar. Lo único relevante es diseñar bien el contenido aprovechando las posibilidades que, como herramienta, nos ofrece el canal. Pero, ¿y si esto no fuera completamente cierto? 
Ha caído en mis manos un libro realmente recomendable que me está ayudando a entender mejor el mundo de las nuevas tecnologías aplicadas al patrimonio: Superficiales: ¿qué está haciendo Internet con nuestras mentes?, de Nicholas Carr. En el se analiza cómo un fenómeno tan abrumador como Internet está cambiando la forma de trabajar de nuestro cerebro, nuestra forma de pensar. Esto nos tiene que llevar a preguntarnos: ¿Estamos inmersos en un proceso similar en lo que refiere a las herramientas que usamos en patrimonio? ¿Cómo pueden estar modificando las nuevas tecnologías nuestra forma de pensar el patrimonio?
¿Cómo se está modificando nuestra forma de pensar el patrimonio gracias a las nuevas tecnologías?  …Imagen de QUO.
Es muy probable que lo más importante a medio plazo para nuestro cerebro, al contrario que para nosotros como arqueólogos, historiadores o interesados por la cultura, sea la tecnología con la que transmitimos contenido y no el contenido en sí. “El medio es el mensaje”, sentenció Marshall McLuhan en su ensayo Comprender los medios de comunicación: las extensiones del ser humano y en cierto sentido no le faltaba razón. Para entendernos, nuestro cerebro es similar a una roca bajo una cascada: si nuestras costumbres hacen que cierta corriente de agua golpee con una intensidad determinada en una parte de esta roca, se comenzarán a hacer surcos y orificios que la modelarán para que el agua pase mejor. Esto no significa, en términos cerebrales, degradación sino símplemente transformación. Se comenzará a trabajar y modelar esta zona del cerebro mientras que otras quedarán más planas, carentes de actividad. Con el tiempo, si cambiamos la dirección del agua o la zona en la que la roca es golpeada, ésta se transformará poco a poco en algo diferente. Algo similar ocurre con nuestro cerebro: las herramientas tecnológicas  y de comunicación que utilizamos día a día modelan de forma física nuestro cerebro y transforman la manera en el que éste actúa, nuestra forma de pensar -todo ello ha sido estudiado dentro del controvertido proceso de neuroplasticidad cerebral-.
En el estudio del patrimonio nos encontramos ahora mismo en un punto de inflexión entre las viejas herramientas de trabajo -mapas en papel, grandes volúmenes de biblioteca, lápiz y plomada, papel de cebolla y horas de trabajo manual- y las nuevas herramientas -cámara fotográfica de precisión, ordenador, smartphone, tablet, escáner láser, Internet, redes sociales-. ¿Cómo va a afectar la incorporación masiva de este tipo de herramientas a la comprensión y estudio del patrimonio? Todavía no podemos saberlo. Incluso muchos se afanan en sostener que muchas de ellas son simplemente modas y que todo volverá a ser como antes. Sócrates también estaba seguro de que oralidad nunca iba a ser sustituida por la palabra escrita debido a las grandes ventajas que tenía la primera pero, para bien o para mal, se equivocó. La evolución tecnológica es un proceso irrefrenable que nos transforma con independencia de lo que queramos, en nuestras manos está trabajar para mejorar intelectualmente gracias a las tecnologías emergentes -perdiendo, claro está, parte de nuestras anteriores ventajas como “hombres del papel”- o quedarnos estancados en el pasado.
Imaginemos cómo puede cambiar nuestra forma de pensar si se hace recurrente y común observar las piezas arqueológicas, las obras de arte o los monumentos arquitectónicos de forma tridimensional y dinámica. En muy poco tiempo hemos pasado de aprender con enrojecidas diapositivas a hacerlo con trabajadas animaciones, fotografías de alta precisión y complejos mapas tridimensionales. Muchos de los niños de hoy en día entran en contacto con smartphones y tablets, de interfaz basada en entornos 3D, desde sus primeros años de vida y esto modifica su forma de pensar y prepara el camino a su cerebro para entender mejor y más rápido cierto tipo de información: la concisa, fragmentada, frenética, tridimensional, dinámica, interactiva, etc. ¿Hacia donde va a caminar entonces la tecnología aplicada al patrimonio si los niños y jóvenes de hoy en día hablan un lenguaje definido por estas características? 
Quizás me equivoque pero al igual que una mente educada para leer libros tiende a producir libros, una mente educada para consumir información de forma rápida, gráfica y conectada también tenderá, en un futuro, a producirla. Todo esto se debe a las transformaciones que las costumbres y el uso de una determinada tecnología hacen en las conexiones neuronales de nuestro cerebro, que tenderá siempre a escoger el camino más fácil, el más usado.
Esto no tiene porqué ser negativo. Bien es cierto que perderemos muchas cosas por el camino, tal y como nuestros antepasados perdieron la necesidad y la capacidad de aprenderse de memoria poemas épicos como La Ilíada, pero también ganaremos muchas otras: la capacidad de acceder a cantidades ingentes de información de forma instantánea; la posibilidad de conectar al momento con profesionales de todo el mundo gracias a las redes sociales; probablemente una forma más rápida y concisa de analizar y comprender la información; la democratización masiva de la cultura; etc. 
Creo, además, que es beneficioso para el estudio del patrimonio modificar nuestra forma de acercarnos a él, de comprenderlo e investigarlo. Es hora de cambiar el chip y proponer, desde nuevos puntos de vista, nuevas soluciones. Es probable que estemos caminando también, de forma neuronal, hacia una mayor socialización del patrimonio, posibilitando un acceso más democrático y sensorial al mismo que permitirá, a largo plazo, la sensibilización de grandes capas de la sociedad y, por lo tanto, la necesidad de protegerlo, disfrutarlo y amarlo. 
Si algo nos han demostrado la Ciencia y la Historia es que nuestro cerebro evoluciona en gran parte gracias a la tecnología que utilizamos. Nuestra forma de pensar y de actuar cambia de forma importante gracias a la tecnología. Nosotros transformamos la tecnología tanto como ella nos transforma a nosotros. Es más, sabemos que no podemos prever los cambios que una tecnología va a producir en nosotros a medio o largo plazo y, por lo tanto, que no podemos negarnos a utilizarla por las consecuencias neuronales que pueda tener en nosotros. Sólo cuando ya estamos inmersos en el proceso irrevocable de cambio es cuando podemos empezar a intuir algunas de las modificaciones cerebrales que este está produciendo.
Estamos condenados a que nuestra forma de pensar se modifique según la tecnología que utilizamos. ¿Cómo está esa tecnología modificando la forma en la que trabajamos con el patrimonio?

Espejismos y limitaciones de la fotogrametría aplicada al patrimonio

No creo que a mí se me pueda tachar de sospechoso de ludismo, de crítico frenético hacia la informatización de las humanidades ni de acérrimo defensor de una metodología arqueológica desvirtualizada. Los que me conocen sabrán que es más bien al contrario: trabajo fundamentalmente en el campo de la tecnología aplicada al patrimonio y me emocionan los cachivaches que rozan la ciencia ficción buscando el Pasado y las reconstrucciones virtuales. Dicho esto, se puede entender que me encuentre en una posición privilegiada para permitirme criticar los excesos de nuestra propia rama de estudio. Que los hay. Y muchos. 
La fotogrametría digital es una de las técnicas que más se están imponiendo en la actualidad en proyectos de documentación, análisis, conservación y divulgación del patrimonio pero su amplia difusión tiene un rostro oscuro: se está desatando una lucha desbocada por acoplar los resultados de esta técnica de forma inmediata a los más variados proyectos. Supongo que con el paso del tiempo podremos sentarnos con más frecuencia a reflexionar sobre lo que de verdad importa: para qué es útil esta técnica, qué problemas nos puede solucionar (ya adelanto que son muchos) y cuales son sus limitaciones

Para bajar un poco la fiebre fotogramétrica que parece haberse extendido a lo largo y ancho de nuestro ámbito profesional -e intentando que esto sea un aliciente para usar mejor esta técnica en más proyectos y, por lo tanto, para impulsar a los profesionales del patrimonio a conocerla mejor-, voy a exponer aquí algunos de los espejismos y limitaciones que nos asaltan a la hora de trabajar con esta técnica en proyectos patrimoniales:
  • El estupor ante un modelo 3D. Este es uno de los síntomas más comunes del uso de la fotogrametría por primera vez en uno de nuestros proyectos. Nos encontramos con que, de forma relativamente sencilla (y aquí metería todas las comillas del mundo), hemos generado un modelo 3D de un objeto, yacimiento o monumento, con el que estamos trabajando y nos produce tal sensación de asombro, tal encanto su belleza, que sentimos el impulso incontrolable de compartirlo así, tal cual, a los cuatro vientos. Primer error. Parémonos antes a pensar: ¿Qué información aporta realmente el modelo? ¿Cómo podríamos mejorarlo? ¿Debemos eliminar parte de su geometría porque no nos interesa y va a despistar al espectador? ¿Con qué información adicional podemos acompañarlo para que sea realmente didáctico?
  • “El 3D es el futuro, va a acabar con todo, estamos salvados”. Otro de los pensamientos que a todos se nos pasan por la cabeza cuando nos comenzamos a interesar por este mundo. Sí, a mí también me pasó y debo decir que hoy no pienso exactamente así. Es indudable que el 3D es una parte importante del futuro de los estudios patrimoniales pero no hay que olvidar que muchas cosas se entienden mejor con una fotografía, con una infografía en 2D o con un texto bien estructurado. La clave está, probablemente, en saber combinar el 3D con el resto de herramientas tradicionales que se han usado, con muy buenos resultados, en los estudios del patrimonio. Es muy probable -y quizás deseable- que esta fiebre del 3D sea transitoria, una moda, y que dentro de unos años sólo nos quedemos con lo verdaderamente fundamental (como sus capacidades de documentación, de análisis, de recreación, etc.).
  • “Esto del 3D fotogramétrico es fantástico para la divulgación”. Sí…. y no. En varios sentidos. Por un lado remito de nuevo al punto anterior: en ocasiones un dibujo o una película de animación en 2D pueden resultar mucho más didácticos y divulgativos que algo hecho en 3D. Por otro: esta afirmación hace que nos olvidemos en demasiados casos que la fotogrametría es una herramienta potentísima para muchos otros cometidos: documentación precisa, análisis topológico y colorimétrico, conservación y restauración, etc. Hoy en día el uso de técnicas de visualización tridimensional en patrimonio no está únicamente relacionado con la divulgación sino que abarca un campo mucho más amplio y debemos tenerlo en cuenta.
  • Creer que la fotogrametría permite conseguir un modelo 3D de absolutamente todo. Esto es bastante común para aquellos que sólo saben que esta técnica sirve para conseguir modelos tridimensionales. En realidad cada objeto de trabajo es un mundo y habrá ocasiones en las que no se podrá conseguir el modelo deseado. Por ejemplo, la toma de imágenes y la luz son el factor que más influye a la hora de obtener un modelo fotogramétrico y si estos son de mala calidad (imágenes tomadas desde puntos no adecuados, con una estrategia errónea; luz muy oscura o focos muy marcados sobre la pieza) el resultado del levantamiento fotogramétrico no se puede esperar perfecto. Habrá en ocasiones en las que no podamos realizar correctamente ciertos modelos, debemos tenerlo en cuenta. La fotogrametría es una técnica científica, no de Howarts. 
  • Nada de objetos transparentes, translúcidos o reflectantes. En la línea del punto anterior, otra de las limitaciones de esta técnica se encuentra en el tipo de material que queremos documentar. La fotogrametría se basa en la correlación de puntos idénticos entre varias fotografías raster y los tonos de los objetos transparentes, translúcidos o reflectantes varían según la posición desde la que tomemos la foto por lo que los software fotogramétricos se vuelven completamente locos y crean engendros si les obligamos a ello. Para documentar objetos de este tipo hay que aplicar a su superficie algún tipo de producto que los convierta en opacos, lo que puede suponer problemas o la imposibilidad de documentar estos objetos en 3D con esta técnica por no poder actuar sobre la pieza. Es algo a tener en cuenta.
  • “¡Con hacer unas simples fotos ya tienes un modelo 3D!”. Habréis oído muchos esta afirmación en boca de aquellos que se topan por primera vez la fotogrametría digital o incluso pronunciada por vosotros mismos. Pues bien, digamos desde ya que es falsa. El proceso para la realización de un modelo tridimensional decente, es decir, lo suficientemente correcto y preciso para que nos sirva en nuestros estudios de patrimonio, es relativamente complejo. Pese a que la fotogrametría sfm (structure from motion) ha conseguido automatizar el proceso, la realización de un buen modelo 3D nos va a requerir una buena toma de imágenes, un correcto postproceso de las mismas (creando, por ejemplo, máscaras) y un postproceso de las nubes de puntos, las mallas y las texturas generadas. Es una tarea que cualquier profesional del patrimonio puede aprender (no se necesitan conocimientos técnicos muy elevados) pero requiere tiempo y esfuerzo.
  • Libertad completa del espectador ante el modelo 3D. Los modelos fotogramétricos, convenientemente subidos a un visor web, pueden permitir que el espectador los mueva con completa libertad, algo que no puede hacer ni en una foto ni en un vídeo por razones obvias. ¿Es ventajoso? En ocasiones sí, pero no siempre. Debemos tener en cuenta que esto sólo sirve para los espectadores (“interactuadores”) más avezados pero lo más probable es que el resto se pierda. Para ello suele ser más recomendable montar un discurso lógico y guiado gracias a una aplicación que de cierta libertad pero muestre un camino o, símplemente, a un vídeo. De este modo nuestros modelos fotogramétricos van a cobrar un sentido mucho mayor y nos van a dar mucha más libertad a nosotros para transmitir las ideas que queremos que lleguen al espectador.
  • La fotogrametría es una herramienta, no un fin. Éste es el punto más importante y engloba en cierto modo a todos los anteriores. Quizás a muchos de vosotros os parezca redundante e innecesario pero la experiencia, y la ebullición diaria de las redes sociales de arqueología y patrimonio, me dice que nunca debemos cansarnos de recordarlo. Un modelo fotogramétrico en sí no sirve para mucho, es como una simple foto de un objeto. Sí, podemos verlo desde todos los puntos de vista, ¿y qué? Es absolutamente necesario que nos preguntemos ¿para qué necesitamos este modelo fotogramétrico? ¿lo queremos para acompañar la descripción de una pieza? ¿quizás buscamos realizar a partir de él una reconstrucción virtual que explique mejor su contexto original? ¿lo necesitamos para realizar análisis métricos de precisión? ¿quizás para obtener una ortofoto sobre la que podamos tomar medidas? Como veis las posibilidades son abrumadoras pero en muchas ocasiones seguimos encontrando proyectos que enarbolan con orgullo la bandera de “tenemos un modelo fotogramétrico” sin saber muy bien qué hacer con él y sólo mostrándolo por lo bonito e impresionante que es (ver el primer punto). Así que juguemos con cabeza.
Seguro que me he dejado en el tintero muchos otros espejismos de la fotogrametría pero también muchísimas de sus ventajas (éstas las podéis ver por doquier a lo largo de mi web, no hace falta repetirlas aquí) pero espero que al menos haya servido para recordar “buenas prácticas” y hacer tambalear ciertos mitos de esta técnica. Que no nos quepa duda de que la fotogrametría es una técnica con mucho futuro por delante en el campo del patrimonio y por ello es importante que desde ya mismo la usemos de forma correcta intentando siempre que sea una herramienta que nos ayude a transmitir mejor un buen mensaje. Si no, no sirve para nada.

La fiebre de los códigos QR

De tres congresos en los que he estado últimamente, en dos de ellos se ha hablado con inusitado optimismo sobre el uso de códigos QR. Para quien no lo sepa, estos códigos futuristas son símplemente un puñado de cuadraditos entre tres esquinas que, a modo de código de barras, te redireccionan hacia una página web. Una idea así de simple tiene todos los visos de ser atractiva, efectiva y, finalmente, exitosa. Sin embargo, y aunque les pese a muchos náufragos que se aferran a esta tecnología como si fuera su última tabla, no ha sido así. Los códigos QR no han triunfado. ¿Por qué? ¿Dónde está su cara oculta? 

Un ejemplo de cómo los códigos QR en ocasiones ocultan más información de la que ofrecen.

Aunque los que nos dedicamos -entre otras cosas- a la tecnología vivamos en el mundo feliz de que todo el mundo la usa, lo cierto es que hay ejércitos de gente que sólo aprovecha lo más intuitivo de la tecnología que tiene a mano. ¿Son los códigos QR intuitivos? No. Rotundamente. Mucha gente los ve y no sabe ni lo que son. Pero imaginemos que les pica la curiosidad: “¿qué diablos será esta cosa tan moderna?” Generalmente no tienen al lado del código nada que les diga qué es y cómo aprovecharlo. Sigamos, sin embargo, suponiendo que esa persona pregunta a un vecino, o al amigo informático, qué son esos puntitos y éste se lo explica. El menda de turno, que tiene un smartphone normalito, se descarga la aplicación que le permite leer estos códigos y, al pasar por delante de la tienda de Apple, por ejemplo, ve un código QR. “Hostias”, piensa, “Vamos a probarlo a ver si funciona, esto puede ser el futuro”. Y sí, abre el móvil, intenta cargar el código, se coloca delante de él. Parece que el móvil lo coge. Sí. “¡Oh! La web de Apple.” Cierta expresión de sorpresa fingida se dibuja en su rostro, quizás un tanto sonrojado ante sí mismo. “¿Esto es todo?” Y la peor pregunta: “¿Tanto para esto?“.
Desgraciadamente es así: el contenido al que nos acercan los códigos QR es normalmente una web relacionada con aquel cartel en el que reposa el código de turno. ¿No es más sencillo abrir nuestro smartphone y escribir “Apple” en el navegador para acceder inmediatamente a la web de la empresa o a otras relacionadas?
La gente que vende los códigos QR como si fueran alfombras voladoras no se da cuenta del contexto social en el que se usa esta tecnología: gente que vive a un ritmo acelerado, con móviles que pierden su batería en unas horas y, en un principio, interesada por las cosas de forma superficial. Delante de un código QR tienes que pararte unos minutos a usar un móvil que probablemente esté en sus últimos momentos de vida del día para acceder a una información más completa que la del cartel de turno que vas a tener que leer en una pantallita de 6 centímetros de alto y que, probablemente, no te interesa. ¿Cuántas posibilidades hay de que lo hagas? 
De nuevo, poco sabremos de la persona que aquí reposa si no nos obligamos a usar la tecnología QR.
Buena parte del uso que se da actualmente a esta tecnología parte de una premisa equivocada: “Los códigos QR es algo que la gente usa”. Debemos entender que sólo son una buena herramienta en contextos muy puntuales y como puerta a una información complementaria para gente con un interés alto y específico sobre un tema. Es decir, son algo muy elitista. La gente, normalmente, no usa un código QR a menos que esté tremendamente aburrida -y si tiene Internet para un código QR también lo tiene para echarse unas risas por Whatsapp, que probablemente sea más entretenido- o tenga un interés desmesurado en profundizar en un determinado tema. 
El forzar el uso de los códigos QR como se está haciendo actualmente sólo conduce, aunque resulte paradógico, a una cosa: ocultar información. Se ponen los códigos cada vez más grandes restando espacio en ocasiones a cuatro frases, una dirección web o una imagen que aportarían más información a todo el mundo. El uso pernicioso de esta tecnología evita incluir en formato analógico, escrito de toda la vida, ciertos datos para “invitar” a la gente a que se sumerja en el código QR. Craso error porque muy poca gente va a aburrirse tanto como para gastar su preciada batería -que es oro- en entrar en tu página, gañán.
¿Pensabais que el ministro Montoro no iba a ser también el más guay del patio?
Seamos sinceros, en el 90% de los casos usamos los códigos QR con el único objetivo de hacernos los chulos. “Mi cartel tiene un código QR y por ello soy más moderno y guay que nadie.” El contenido da igual (¡Claro, si no va a entrar nadie!) lo único que importa es que aparezca ahí este cuadradito blanco con puntos negros porque estéticamente va a hablar muy bien de mí. De este modo, en el mundo del Patrimonio también se arrodilla en la mayoría de los casos el contenido ante la tecnología, el objetivo ante la herramienta. Y esto, señores, es contraproducente: la gente que usa un código QR que no le aporta realmente más información que acceder a la web de la institución de turno probablemente no vuelva a usar uno de estos códigos. ¿Para qué? Se nos olvida demasiado a menudo que la tecnología, por muy molona que sea, es un medio para transmitir un mensaje y que si este medio no cumple su objetivo es mejor sustituirlo. Así de sencillo. Lo demás sobra.
Además no debemos olvidar que una buena cobertura de red no llega -todavía- a todos los rincones del planeta. Se habla mucho de códigos QR instalados en los caminos de montaña más remotos para señalar así una magnífica ruta que hará las delicias de los que lo lean con su móvil. Pero maldición, ¿van a ofrecer todas las compañías buen acceso a Internet para descargar esa información desde aquel sitio recóndito? Seguramente no. Lo mismo se podría decir de la colocación de este tipo de códigos en yacimientos apartados de las ciudades por ejemplo. De nuevo, creo que se nos olvida el contexto real en el que se mueve actualmente nuestra sociedad. 
De nuevo, un flagrante caso de censura gracias a un código QR. ¿Creéis que esto se puede permitir?
Sin embargo, no niego que los códigos QR puedan ser una herramienta útil: imaginad, por ejemplo, un museo en el que todas las cartelas de las piezas tuvieran, además de la información básica que ya encontramos en ellas y que podemos leer sin tecnología de por medio, un pequeño código QR gracias al cual acceder a la ficha completa de cada pieza. Es una herramienta fantástica si se usa así y si nos aseguramos de que nunca sustituye a la información tradicional que, sin lugar a dudas, va a llegar a más público. Los códigos QR son una herramienta de profundización y uso puntual que resultan muy útiles, sobre todo, para investigadores y “frikis” del tema con el que se relacionen, pero no creo que nunca lleguen a ser la herramienta de futuro, de difusión y socialización del patrimonio con la que a veces se les confunde
Un buen uso de la tecnología de códigos QR. ¡Sí, existe!
“Al César lo que es del César…” Reconozcamos las posibilidades de esta tecnología en su justa medida para saber realmente aprovecharla como se debe. Podremos así evitar el lanzamiento de piedras que estamos haciendo contra nuestro propio tejado al usarla mayoritariamente con fines esteticistas, vendiéndola como el futuro de los futuros, la piedra angular de la difusión patrimonial. Patrañas… pero ¡Ay! ¡Qué fácil es generar un código QR de cualquier cosa y qué difícil un buen contenido del mismo!