La Estación Total Bilaneril o la (pen)última maldición del Bilanero

Llega un momento, en la vida de todo arqueólogo, en el que debe pelearse contra los macabros dioses de la tecnología, que se ponen en nuestra contra hagamos lo que hagamos. No os preocupéis, no es vuestra culpa, es que nos pasa a todos, tarde o temprano. Si la excavación cuenta, además, con dos expertos en nuevas tecnologías aplicadas a la arqueología, se les pueden hinchar los huevos a estos dioses y decidir jugar, sin piedad ninguna, con los pobres -¡ay!- humanos.

 estación_bilaneraLa historia de la Estación Total del Cerro Bilanero merece ser escrita y contada a las próximas generaciones, de tal manera que cuando alguien crea que está siendo burlado por una cámara de fotos que no funciona, por un ordenador que se niega a hacer lo que le pides o por un móvil que se cuelga en el momento más oportuno, recuerden que una vez existió una Estación Total que puteó, y perdónenme la expresión, a toda una excavación antes, durante y después de su desarrollo.

Nuestra Estación Total, alquilada a una empresa de cuyo nombre no quiero acordarme -aunque igual debería-, llegó un buen lunes 10 de Agosto, unos cuantos días después de lo que se la esperaba, aprovechándose de que al día siguiente comenzábamos la excavación y de que, obviamente, no teníamos ni idea de cómo funcionaba este modelo de E.T. Para empezar mejor la cosa, nuestra Estación Total llegó…. en idioma Portugués. Claro. No podía ser de otro modo. Estábamos en medio de La Mancha y la E.T. tenía que llegar, por supuesto, en Portugués. Intentamos, por todos los medios, enseñarle el idioma nativo pero fue imposible. La condenada no se dejaba.

Aquí no se quedó todo. Obviamente, la Estación Total llegó en pañales, indocumentada y sin instrucciones de ningún tipo. Por supuesto, tampoco trajo consigo ningún tipo de Software que le permitiera entenderse con un mísero ordenador. No había nada. La soledad más absoluta. El vacío dentro de su caja.

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Nos tocó pasarnos una noche a la pobre Belén y a mí mismo en pleno combate a muerte con la Estación Total, desentrañando sus misterios en portugués sin mayor ayuda que la luz de un móvil y la oscuridad de la noche manchega para conseguir sacar algo en claro y hacer que la dichosa E.T. estuviera operativa al día siguiente a las 6 de la mañana.

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Pese a todo, el afamado equipo de valientes virtualizadores consiguió imponerse a las adversidades y someter, por el momento, a la pérfida Estación Total, domando su bravura y tomando todos los puntos habidos y por haber de la excavación del Cerro. Henchidos de orgullo, los virtualizadores no intuían que la maldición de la E.T. no había hecho sino comenzar…

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Efectivamente, la enésima batalla que nos plantó cara nuestra amada E.T. fue en el laboratorio: se negaba a vomitar, de ningún modo, los datos tomados en campo. Al haber llegado sin software no había quien hiciera que se entendiese con el ordenador y resultaba imposible descargar los puntos de la estación. Tuvimos que encender la VirtuaSeñal para que Miguel, de VirtuaNostrum, acudiera en nuestra ayuda.

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En los siguientes días fuimos conducidos casi a la desesperación por esta máquina del diablo y deseamos en cientos de ocasiones procurar su destrucción, incluso física. La desgraciada nos dio finalmente los puntos -cuando conseguimos hacerle confesar, tras horas de tortura- en formatos solo conocidos por los Antiguos Mayas y que ninguna tecnología moderna conseguía descifrar.

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Finalmente logramos, no sin llevar a cabo una proeza digna del mismísimo Hércules, apoyados por el buen Miguel -¡qué hubiera sido de nosotros sin él!- sacar los puntos de la E.T.y darles forma inteligible. A Champollion le resultó más sencillo descifrar la Piedra Rosetta, os lo podemos asegurar.

Sin embargo, y como no podía ser de otro modo, la E.T. se tenía reservada más cabronías para nosotros: los puntos aparecían invertidos (la X era la Y y la Y era la X) y una parte de una cata, un arco de sus grados de toma de datos, estaba totalmente descolocada, en otro sitio distinto y flotando en el espacio. Después de asegurar que no había sido fallo nuestro durante la toma de datos procedimos a cagarnos en todos sus ancestros, empezando por el nivel de bolas. Instintos ludistas resurgieron en nuestro fuero interno y deseamos que nuestros antepasados hubieran acabado con todas las fábricas y máquinas del planeta. Deseamos vivir en cuevas. Alimentarnos, incluso, de nuestra propia orina. Y no tener más herramientas que nuestras manos desnudas. Pero más tecnología no, por favor.

La Estación Total, sin embargo, se tenía preparada una última bala: cambiarnos los nombres de todos los códigos.

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La batalla contra la E.T., por lo tanto, está lejos de terminar. Ahora nos queda encontrar la forma de cambiar el nombre de los dichosos códigos, colocar los puntos correctamente sobre la planimetría, y separar por capas los distintos elementos. No ponemos en duda que en este camino, en apariencia sencillo, nos encontraremos de frente de nuevo con la Estación Total más cabrona que haya conocido una excavación arqueológica.

¡Aquí estamos! Dispuestos a no rendirnos. Esta guerra no ha terminado…

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 P.D.: Huelga decir que llamamos repetidas veces al servicio técnico de la empresa alquilante de la Estación Total y no sirvió para nada, siendo estos incapaces de hacernos trabajar mejor con la E.T. y, ni siquiera, de mandarnos la documentación y software que la propia E.T. trae por defecto. 

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