El dibujo arqueológico no se destruye, se transforma (I)

Es propio del mundo arqueológico, en especial del académico, el mostrar una especial reticencia al cambio. El arqueólogo, en lo que a su trabajo respecta, es altamente conservador y romántico: nos quejamos de la imagen que nos da Indiana Jones pero nos cuesta desprendernos del sombrero Fedora de fieltro. Se presentan nuevas herramientas con las que queda demostrado que nuestro trabajo se puede realizar mejor y las rechazamos durante años, aferrándonos a la artesanía más gremial. No estaría de más preguntarse cuánto afecta esto a la profesionalización de nuestra disciplina: no me imagino a un médico rechazando las últimas herramientas de cirujano que le permiten mejorar su trabajo y encabezonándose en seguir operando a la antigua, sin anestesia, sin monitor de pulso. Los arqueólogos, en cambio, defendemos a capa y espada aquello de que todo tiempo pasado fue mejor y miramos por encima del hombro la posibilidad de mejorar nuestra metodología gracias a las nuevas tecnologías.

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Un ejemplo perfecto de este conservadurismo se encuentra la práctica del dibujo arqueológico. En los últimos años se está desarrollando una nueva metodología mediante la que el dibujo tradicional pasa a ser realizado con nuevas herramientas -basadas en la fotogrametría digital-, de una forma mucho más rápida y precisa, que además nos permite documentar toda la información tridimensional de nuestra excavación (no sólo plantas, alzados o secciones, como se hacía hasta ahora). ¿Por qué alguien se negaría a adoptar este nuevo sistema con todas las ventajas que tiene?, os preguntaréis. Pues bien, veamos algunos de los motivos:

  • Desconfianza innata hacia las nuevas tecnologías. Los arqueólogos somos así. Donde esté un lápiz que se quite una tablet. Los ordenadores nos dan dolores de cabeza. Más vale malo conocido que bueno por conocer o virgencita que me quede como estoy. Nos vale cualquier refrán. La cuestión es que, por lo que sea, no somos amigos de las nuevas tecnologías y sólo las adoptaremos cuando sea absolutamente necesario, años después de su nacimiento a ser posible. En principio, las rechazamos frontalmente.
  • Herederos del ludismo. En 1779 -cuánto nos gustan las fechas- un tal Ned Ludd rompió dos telares con todas sus fuerzas, cabreado porque con estos el trabajo se hacía más rápido y eso, como no podía ser de otro modo, quitaba trabajo a los obreros. Los arqueólogos tenemos un pequeño Ned dentro de nosotros que nos incita, de vez en cuando, a romper cámaras de fotos, ordenadores y toda máquina del diablo que se ponga delante de nosotros para quitarnos el pan. Por suerte nos contenemos y no solemos llegar a mayores, pero nos duele la posibilidad de que las nuevas tecnologías nos quiten el trabajo. ¿De verdad esto es posible? Quizás deberíamos preguntarnos más a menudo si la aplicación efectiva de las nuevas tecnologías a la arqueología no nos va a dar más trabajo del que nos quita. Habría que reflexionar sobre ello.
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Los proto-arqueólogos del siglo XVIII aramplándola contra las máquinas.
  • Esta historia de la muerte del dibujo arqueológico ya nos la conocemos. Nos lo han dicho muchas veces y nunca se ha cumplido. Nos hablaban de revoluciones metodológicas y seguimos igual. El dibujo arqueológico, tal y como lo conocemos nunca desaparecerá. ¿Es eso cierto? Poco a poco los arqueólogos hemos ido adoptando técnicas y herramientas con las que hoy por hoy resulta impensable no contar: uso de software SIG, GPS, Estación Total, AutoCad, etc. El dibujo arqueológico ya ha cambiado, y mucho. Con la fotogrametría digital simplemente se daría un paso más -un paso muy grande- que mejoraría nuestro trabajo enormemente en este sentido. Sin embargo, el dibujo arqueológico no se destruye, se transforma. El dibujo arqueológico nunca morirá porque es necesario para llevar a cabo la documentación del registro arqueológico mientras éste es destruido. Simplemente cambian las herramientas con las que se dibuja.
  • ¡Cuidado! ¡Puede que no contemos con una cámara en campo! En efecto, se pueden alinear los astros y estropear todas y cada una de las cámaras que llevemos a la excavación. Se pueden acabar todas las baterías y olvidarnos de llevar tarjetas de memoria. Claro. En el improbable caso de que eso ocurra, por supuesto, contaremos con alguien que conozca el dibujo tradicional y pueda salir del entuerto. Pero, ¿realmente nos merecerá la pena? ¿no será mejor opción acercarse a reponer el material olvidado o estropeado y trabajar con normalidad? Seamos sinceros: actualmente es mucho más sencillo realizar diez fotografías en torno a una UE que llevar a cabo un dibujo arqueológico con plomada y flexómetro de los límites de la misma. Y, poniéndonos catastróficos, ¿qué pasa si cae de repente un chaparrón y se mojan nuestros dibujos? ¿qué pasa si nos olvidamos la tabla de dibujo en el almacén? ¿qué pasa si al dibujar a escala confundimos un par de medidas?
  • Es muy caro. No puedo usar nuevas tecnologías porque no tengo pasta. Falso. Actualmente se puede llevar a cabo de forma gratuita -o extremadamente barata- una documentación basada integramente en la fotogrametría digital que nos permita tener una “copia” virtual de nuestra excavación en el PC. Con todas las ventajas que ello supone. Además, hay que destacar que no se necesita un conocimiento especializado, es decir, hace falta conocer cómo funciona la fotogrametría digital y los software con ella relacionados, pero no es más complicado que aprender a usar CAD o SIG. No hace falta ser topógrafo ni técnico informático. Está al alcance de todos, para toda la familia.
  • El dibujo arqueológico me ayuda a entender el yacimiento, no puedo dejarlo de lado. En efecto, nadie habla de dejar de lado el dibujo arqueológico. Se habla de cambiar las herramientas que nos ayudan a llevarlo a cabo. La reflexión, tanto en el propio yacimiento como una vez éste ha sido excavado es insustituible. Por eso debemos observar los restos, hacer croquis y, posteriormente, cuando tengamos seguro qué es lo que estamos documentando, tomar las fotografías que nos permitan hacer el levantamiento fotogramétrico. El proceso de reflexión ante los restos de un yacimiento no sólo no se reduce con esta metodología sino que se ve aumentado con creces: al disponer de una “copia” de lo excavado en nuestro PC podremos reflexionar sobre ella porque tendremos la información geométrica y de color exacta de la misma. Algo imposible de hacer sobre un dibujo arqueológico realizado en campo, que es ya un esquema pasado por el filtro de la interpretación humana. Los modelos 3D fotogramétricos de una excavación tienen una intervención e interpretación humana casi nula y por lo tanto se corresponden muchísimo más con la realidad.
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Nuestras cámaras, afortunadamente, no son ya como estas. Es más, tenemos cámaras en los bolsillos la mayor parte del tiempo. Es altamente improbable que no tengamos una cámara de fotos en campo durante una excavación arqueológica.

Esta es solo la primera parte de varios artículos en los que explicaré por qué es la mejor opción el adoptar una nueva metodología de dibujo arqueológico. A todos aquellos que temen que se produzca la “deshumanización” de la arqueología a raíz del uso de estas técnicas mi mensaje es que pueden estar tranquilos: detrás de la creación de modelos 3D de la más sencilla de las UEs hay un proceso casi mágico que baña de romanticismo este tipo de dibujo arqueológico. Observar cómo surge el derrumbe de un muro, diluido en una nube de puntos que acaba tomando forma corpórea, es una experiencia casi mística. Os la recomiendo.

En el próximo artículo de esta serie bajaremos del plano abstracto para plantear una estrategia metodológica concreta que nos permita documentar un yacimiento con estas nuevas herramientas.

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De todos estos temas discutiremos en el curso online de “Documentación gráfica en arqueología, que comenzamos el día 18, donde trabajaremos tanto el dibujo arqueológico tradicional -no se puede obviar que estamos en un momento de transición y es necesario conocer también las viejas técnicas- como el dibujo arqueológico a partir de fotogrametría digital.

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