La Pompeya de los tontos

Hay ciertas cosas que ocurren con frecuencia en Arqueología y una de ellas es el hallazgo de la Tumba de Alejandro Magno. Esta sí. La de verdad. En tiempos recientes ha ocurrido, por ejemplo, en 1995, cuando se dijo haber encontrado dicho mausoleo en el Oasis de Siwa, pero ahora estamos en racha: en los últimos dos años ya se han excavado varias tumbas de Alejandro, como la hallada en Anfípolis (Macedonia, Grecia) en el verano de 2013 o la que parece haber sido encontrada este mismo mes en plena Alejandría. Aquí hay Tumbas de Alejandro para dar y regalar y, mientras tanto, la casa sin barrer. Cosas de la sensacionalitis extrema, una enfermedad que cada vez nos golpea con más fuerza. Se puede hacer divulgación sin faltar a la verdad pese a que todavía, en el mundo del periodismo cultural, no se entienda. Baste recordar, ya que hablamos del bueno de Alex, el ensayo divulgativo “La Tumba de Alejandro” de Valerio Massimo Manfredi, que recomiendo encarecidamente.
Otra de las frases más manidas del periodismo arqueológico, y que a más de uno nos hacen tirarnos de los pelos, es la famosa “hallada la Pompeya de (término a elegir)”. De este modo tenemos la Pompeya ibérica (?), la Pompeya de los dinosaurios chinos, la Pompeya de los microbios en momias, la Pompeya de la Primera Guerra Mundial, etc., y así podríamos seguir en una infinita serie de desafortunadas comparaciones. Si encontramos un yacimiento y queremos que salga publicado en prensa debe ser o el primero, o el más grande, o una de las mil pompeyas que debe tener cada periodo histórico. Si no, no vale nada.

Hemos llegado así a un punto de arbitrariedad en el que todo vale, y si llama la atención de forma simplona y fantasiosa mucho mejor. Obviamente, jugar con fuego quema y todo son risas hasta que alguien pierde un ojo. De este modo, el prestigioso canal National Geographic Channel (NGC) ya está caminando sobre terreno terriblemente pantanoso con programas como “A la caza del tesoro” que rompe todas las leyes habidas y por haber de Patrimonio, o el vergonzoso “Nazi War Diggers“, que finalmente ha sido retirado de la parrilla del canal por las intensas presiones que ha sufrido desde la arqueología científica. Y menos mal. Tratar los restos de personas como una atracción de feria no parece lo más adecuado.

En la televisión española quiero creer que no nos estamos dejando llevar por ese extremo sensacionalista pero, en ocasiones, la realidad te da de bruces en la cara. Sí. Tenemos que nombrar a Cuarto Milenio. Hay que reconocer que en las últimas temporadas -quizás por la asociación cada vez más estrecha con Nacho Ares- el programa está incluyendo reportajes de arqueología que de verdad contribuyen a una divulgación de cierta calidad y a la reivindicación de la arqueología como ciencia. Baste recordar, por ejemplo, este pequeño espacio dedicado a las Momias de Quinto de Ebro. Sin embargo, siguen quedando todavía muchas trazas de la arqueología fantástica que sólo consiguen distorsionar más el trabajo científico, como hemos visto este fin de semana con el desafortunado reportaje dedicado a una estela prerromana del Casar de Cáceres y titulado “El mensaje del extraterrestre”. En él un supuesto “epigrafista prestigioso” nos mostraba en directo una serie de asociaciones mentales completamente erróneas que le llevan a determinar que un grabado en una estela representa a un extraterrestre.

¿Por qué el equipo de Iker no se ha molestado en contrastar esa información preguntando a catedráticos de filología y arqueología?  No lo sabemos muy bien. Quizás por miedo a que les desmonten esta fantástica teoría y por su comprensible añoranza a todo lo que suene a OVNI. Que está muy bien, no me meto con ello, sólo pido que se investigue con rigor.

¿Deben las cámaras y las ávidas plumas de los periodistas desaparecer del mundo de la arqueología y el patrimonio? De ninguna forma. Es más, creo que se debería potenciar la entrada de los medios de comunicación a las entrañas de nuestro trabajo y quizás así se comenzara a mostrar una arqueología más real, no exenta por ello de misterios y atractivo. Mientras no nos demos cuenta de que el rechazo del sensacionalismo se potencia, precisamente, desde la transparencia total de nuestro trabajo, seguiremos creando, si queréis, otra nueva pompeya, la “Pompeya de los tontos” donde, siguiendo el mito, la gente ha quedado paralizada en el tiempo, estupefacta y fascinada, ante las maravillas inventadas de una arqueología que no existe.

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